DEMOS LA VUELTA AL MUNDO

Bajo el título “demos la vuelta al mundo” se presenta una colección de fotografías que conectan con la necesidad de cambio del pueblo saharaui, que vive bajo regímenes totalitarios. Las imágenes cuentan la vida cotidiana de los desplazados, que viven de prestado en las profundidades de un desierto inhóspito, sin perder la ilusión de recuperar su independencia.

Con este conjunto de instantáneas, el fotógrafo alicantino, Javier Soria, expone la sólida esperanza y el espíritu generoso de un pueblo desplazado, cuya posesión más valiosa es su fuerza interior y la herencia de su cultura.

Se trata de una muestra colorida cargada de matices que invita a la reflexión desde un prisma muy humano y cercano en el que el mundo de los niños desarrolla un papel determinante.

El proyecto nació en un viaje humanitario promovido por la Asociación Dar-Alkarama para visitar los campamentos de refugiados en Tinduf, Argelia, donde “sentí la posibilidad de contribuir al progreso de una causa que siempre he considerado justa y de la que tuve la primera referencia en la infancia”, ha comentado Javier Soria.

El autor ha manifestado que “a pesar de sus difíciles circunstancias, en sus caras, en sus corazones y en su alma sólo vi la esperanza y el deseo de recuperar su recuerdo, de reencontrarse con un pasado que empieza a sonar como un eco lejano y que se debilita con el correr del segundero, las oleadas de una insaciable globalidad y una crisis económica mundial sin precedentes. En circunstancias tan complejas, resulta fácil olvidarse, hasta para los países más ricos, de los problemas más lejanos y que han dejado de ser portada en los medios de comunicación. Parece que la solidaridad está pasando a un segundo plano y que sólo la perseverancia de personas como Ilde García y la asociación que preside, Dar-Alkarama, y acontecimientos puntuales, como el secuestro de los cooperantes, le devuelven el protagonismo que nunca debieron perder”.

Soria ha finalizado diciendo que “conviviendo con ellos se siente que el silencio y el calor deambulan entrelazados mientras los niños inventan juguetes con restos inservibles de civilización. Corretean y cantan canciones de rap llegadas con los vientos del norte y regalan sus mejores expresiones y gratitudes por un caramelo que les endulce los recuerdos del mañana. Me contagié. Y por ello he querido compartir con esta exposición que la intensidad del instante vivido junto a ellos ha quedado perenne y que su fuerza alimenta todavía mi ánimo”.

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